Obligaciones de todo Padre, Madre y Tutor. Parte I

Hay muchos aspectos en la paternidad que están muy bien diseñados y desarrollados. Como padre o madre, en general, la ropa, la alimentación y la salud de sus hijos son algunas de sus grandes preocupaciones. Hay hasta medidas legales para denunciar a alguien que no alimenta apropiadamente a sus hijos o incluso que no lleva a su hijo al médico cuando está enfermo. Sin embargo, sólo en los casos más extremos se castiga la falta de atención al desarrollo de su inteligencia, rara vez se interviene o es sugerido por parte de nadie la falta de atención educativa como algo extremadamente perjudicial.

Como ya comentamos en nuestro artículo anterior, los niños de altas capacidades y talentosos, si no son atendidos desde pequeños, tienen una gran probabilidad de tener muchos problemas tanto a nivel escolar como personal y profesional.

Si lo que buscamos es una salida fácil, hay una solución rápida y sencilla en 3 fases:

  1. Recapacitar sobre por qué queremos una salida fácil en un asunto tan importante.
  2. Volver a leer nuestro primer artículo.
  3. Aceptar el reto y el privilegio de:
  • Aportar un elemento esencial en la vida de su progenie y allegados.
  • Buscar la forma de que los pequeños tengan las oportunidades que requieran para prosperar en la sociedad a nivel profesional y personal.
  • Otorgarles la mejor educación posible para que dediquen su vida a un propósito constructivo y que les guste.

Y hay que recordar que los niños no pueden valerse por sí mismos, dependen exclusivamente de que alguien les guíe.

Un aspecto muy interesante desde que se nace es la posibilidad de crear recuerdos a través de las emociones:

En opinión de Joseph E. LeDoux, la interacción entre el niño y sus cuidadores durante los primeros años de vida constituye un auténtico aprendizaje emocional, y es tan poderoso y resulta tan difícil de comprender para el adulto, porque está grabado en la amígdala cerebral con la tosca impronta no verbal propia de la vida emocional. Lo que explica el desconcierto ante nuestros propios estallidos emocionales es que suelen datar de un período tan temprano que las cosas nos desconcertaban y ni siquiera disponíamos de palabras para comprender lo que sucedía. En esta primera etapa de la vida, el hipocampo (crucial para recuerdos narrativos) y la neocorteza (base del pensamiento racional) aún deben desarrollarse, pero la amígdala, que madura muy rápido cuando somos niños, es mucho más probable que esté formada al momento de nacer. LeDoux nos dice que la amígdala sustenta un principio básico del pensamiento psicoanalítico: que las interacciones del niño con los adultos y personas que lo rodean le proporcionan lecciones emocionales basadas en su adaptación y dificultades en sus relaciones.

Como conclusión de la opinión de Ledoux, al no atender a las necesidades intelectuales de los niños, se están generando impactos emocionales desde el mismo nacimiento.

Desde nuestro punto de vista, puede parecer algo sin importancia, pero cuando uno se para a pensar en las cosas que suceden cuando no estamos motivados o cuando no nos entienden, las repercusiones pueden ir desde no comer por nervios, de comer demasiado por lo mismo, generar conflictos, o muchas más y aún peores. Y esto nos sucede ya de mayores cuando podemos racionalizar las cosas, cuando podemos PEDIR que nos ayuden.

Los bebés no pueden transmitir información más que con llantos y quejidos.

Una vez el niño aprende a comunicarse suele ser extremadamente común que tengan una curiosidad extrema y muchas preguntas sobre el mundo que les rodea, sobre ellos mismos, sobre sus miedos, emociones e incluso aspiraciones.

La respuesta a la necesidad inicial de conocer debería ser una sola: dar la oportunidad al niño de explorar, descubrir y aprender sobre lo que le llame la atención, y el caso, es que lo que llama la atención de un niño es: cualquier cosa que acaba de descubrir donde hay un potencial de aprendizaje.

Voy a poner un ejemplo de una experiencia personal hace menos de dos semanas:

Estando en una papelería, una madre y su hijo estaban delante de mí. La madre pedía cuadernillos de matemáticas para que el hijo reforzara su conocimiento sobre multiplicaciones por una cifra y divisiones básicas.

La chica que atendía trajo uno que incluía multiplicaciones de más de una cifra y divisiones más avanzadas en la parte final (ya que en el nivel más bajo venían separadas las multiplicaciones y divisiones con lo que tendría que comprar dos cuadernillos).

La madre respondió, y cito textualmente:

“Ese no lo quiero, porque después el niño se lo aprende y la profesora me lo manda para casa”.

Justo después interviene el niño:

“¡Yo me lo voy a aprender todo!”

Y luego la madre pasa a reiterar que no entra en sus deseos que el niño aprenda más si ello conlleva que el niño esté más tiempo en la casa o quitándole tiempo a ella.

Ya me dirán qué efecto tiene esto sobre la motivación de un niño por aprender, y más cuando seguro que no es un suceso aislado.

Algunos dirán que es posible que la mujer tuviera que trabajar o que tuviera compromisos establecidos. Yo digo que aún siendo ese el caso, lo mínimo que se debería hacer es dedicar 10 minutos para hablar con la profesora y explicarle que su hijo tiene muchas ganas de aprender y que si ella puede comprarle material (como un cuadernillo MÁS AVANZADO AÚN) y que la profesora sencillamente lo supervise o, si está dispuesta, lo ayude a avanzar hasta donde él desee.

Creo que éste caso pasaría de tener un resultado muy malo para la motivación del niño por aprender matemáticas, a que el niño desarrolle todo el potencial que él esté dispuesto a dedicar (porque la idea de aprender más de lo “establecido” nació del niño, indudablemente la confianza que se adquiere cuando alguien identifica algo que uno quiere y le apoya para conseguirlo es muy importante). Y no sólo eso, incluso ayuda a la profesora, puesto que ella podrá identificar más casos de niños con mayor ritmo o sencillamente mayor interés y nutrir su inteligencia, darles lo que ellos necesitan.

¿Cuándo fue que la profesión de educador perdió irremisiblemente su importancia?

¿Cuándo pasaron de enseñar a repetir, de entender a ignorar, de querer a pasar y de educar a cobrar?

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